martes, 13 de marzo de 2012

Lo que no nos contaron en Caperucita



Cuando me pierdo en el bosque siento que no puedo caminar. La ansiedad y las dudas me invaden de tal modo que me sujetan fuertemente los tobillos a la tierra.

No me gusta no saber dónde estoy. No me gusta no saber a dónde voy. El verde que hasta hace un momento me parecía refrescante y lleno de vida, ahora se me representa oscuro y tenebroso. No hay caras amigas, no hay entorno conocido. Sólo hay ignorancia, desconocimiento, soledad.

Estar perdido es estar solo.

Estar solo es no querer estar.

Leí hace poco que el infierno es querer estar en algún sitio diferente al que estás. Y eso es lo que te sucede cuando estás perdido. Exiges estar en algún otro lugar donde tu mente se sienta reconfortada por el recuerdo de un olor conocido, de una música sabida, de un entorno amigo. Exiges. Y eso te hace sentirte más solo todavía. ¿A quién le exiges?.

No hay nadie a quien dirigirte. No hay nadie a quién espetarle en la cara la mala organización del evento. Vaya evento en el que nos han abandonado.
Sólo cuentas con tu desconcierto, tu miedo, tu angustia, todos en reunión.

El Desconcierto es un personaje de circo. Lleva la cara pintada de blanco y una sonrisa de payaso forzada. Es el que a buenas te cae en gracia y a malas es de todo menos gracioso. Las circunstancias determinan lo que piensas de él. Tiene doblez, es irónico. Le gusta verte la cara que se te queda cuando lo ves. Disfruta con ello. Hay veces que te ríes con él. Otras no puedes y lo querrías matar. Pero él se ríe igual.
El Miedo es gris. Luce una cabellera negra que le medio tapa la cara y tiene los hombros curvados hacia adelante. Sabe mejor que nadie de qué pie cojeas porque lleva mucho tiempo caminando contigo. Su cayado y su larga túnica hasta los pies siempre están dispuestos a seguirte. No hay manera de perderlo de vista así que la única solución es mantener una buena conversación con él. Es listo y tiene paciencia. Sabe que suele ganar la partida, sólo ha de conseguir que cayes.

La Angustia es una anciana de cuento. Verruga con nariz aguileña. Cuerpo enjuto y retorcido que no conoció nunca la verticalidad. Pasea con su manzana roja en mano ofreciéndote siempre alimento. Alimento podrido. A veces te coge por detrás de sorpresa y te oprime fuertemente el pecho y no puedes respirar. Dejas de hablar, te empequeñeces hacia dentro, y das la lucha por perdida. Sólo cabe esperar, más tarde o más temprano se cansa de apretar. 

La soledad es estar perdido con ellos en el bosque esperando que alguien te venga a salvar.

Enciendes un fuego, les das de cenar, conversas con ellos. Que no se les ocurra abandonarte también. Qué suerte tienen de haberte encontrado. Sólo se quedan si los cuidas y alimentas y a ti se te dan bien ambas cosas.

Y cuando se han ido a dormir, y ya sólo quedan las brasas medio apagadas, y parece que ha llegado la calma, empiezas a soñar.

Parece que se oyen los cascos de un caballo al galope. ¿Quién será? Te pones en pie sigilosamente y parece que ya puedes caminar. Te limpias el vestido, te retocas el cabello con premura, preparas tus cosas dispuesta a marchar. Los demás roncan a pierna suelta. Saben que no te irás.

La Ilusión sale a tu encuentro. Es alta y bella. Su cabello dorado envuelve un vestido de gasa azul ligero y estiloso. Te tiende su mano delgada y elegante y te ofrece a seguirla con sus grandes ojos azules. Hace tiempo que no la veías y sientes como el corazón se te ensancha y todo vuelve a estar en su sitio. Parece que el Miedo se revuelve en su sitio pero ella te mira y todo se calma. La última vez que la seguiste con los ojos cerrado no te llevó a buen puerto, pero eso está olvidado.

Te alejas del campamento con ella, al encuentro de ese ser misterioso que viene a salvarte. Cada vez se oye más cerca el relinchar de su caballo. Sin darte cuenta avanzas a toda prisa con la Ilusión tirándote del brazo. Te falta el aliento pero el corazón bombea tan rápido que sientes que eres capaz de todo.

Ya se vislumbra. A lo lejos, entre la bruma de la madrugada una imagen imponente se acerca a todo galope. Es él. ¡Ha venido! Un caballo negro, brillante, lo ha traído hasta ti. No puede haber mayor felicidad. Sencillamente, no puede.

Unos golpes secos en tu espalda, te despiertan del sueño. Ya ha salido el sol y al Miedo le acucia el hambre. Te lo quedas mirando como si no fuera real pero empieza a hablar. Estás perdido. Te recuerda sin piedad quién manda aquí. Unas lágrimas recorren tus mejillas sin una queja. Por un momento creíste avanzar. Por un momento soñaste con que eras capaz.

Pero hoy no puedes más. Seguir así es morir a plazos. No tienes nada que perder, y esa es la única manera de ganar. Y no te levantas. Y sigues con la cabeza gacha para no mirar. Y te tapas los oídos con todas tus fuerzas para no escuchar. Tú morirás de hambre, pero ellos también. Y sientes que hay una revolución ahí fuera, que se están tirando de los pelos, que los unos se culpan a los otros por la pérdida de poder. Pero tú sigues así, con la cabeza entre las piernas y las manos en la cabeza.

De pronto dejas de oír voces. No acabas de confiar demasiado pero pruebas a destapar un oído. Y el otro. Y a levantar la cabeza lentamente. ¡No están! Sólo ves a lo lejos lo que parece una familia de titiriteros en procesión tirando de un carro. Sigues inmóvil un poco más y una sonrisa se empieza a esbozar en tu rostro.

Nunca más. Nunca más darás de comer a un desvalido payaso, a un gris sujeto y a una anciana arrugada. Nunca más.

No hay ruido de cascos ni corcel. No hay cabellera rubia ni vestido azul.

Sólo estás tú aprendiendo a vivir perdido en el bosque.

Y empiezas a caminar.