Oigo al niño que llora en tí,
pero no lo veo.
Me llega el llanto desconsolado a la hora de comer, sin plato en la mesa.
Siento soledad acostumbrada, sin nadie con quien jugar.
Palpo miedo a la oscuridad, en un espacio que jamás vio la luz.
Pero no te veo.
Un grueso muro de piedra y arena creen protegerte, pero te aislan.
Un puente levadizo en trampantojo te decora, pero te oscurece.
Un foso seco de cariño te ayuda a respirar, pero te ahoga.
Te recorro con todos mis sentidos,
pero no te veo.
Te busco en las almenas de tus ojos,
en la barbacana de tus gestos,
en el patio de armas de tu discurso.
Te busco en el emblema de tu sueño,
en el foso de tu distancia,
en la torre del homenaje de tu esencia.
Pero no te veo.
Sólo cuando encuentro la puerta sin cerradura
de tu castillo interior,
comprendo que es para ser abierta desde dentro.
Y es entonces cuando,
cansada de ansiar tu encuentro,
cierro mis ojos de búsqueda
y me siento sobre las raíces
del viejo olmo de la esperanza.
Y entonces te veo.
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